Donde el Pacífico, el vino y la gastronomía redefinen el norte de México
Ensenada se revela en contrastes que dialogan con el paisaje. El océano golpea los acantilados mientras, tierra adentro, los viñedos se extienden bajo el sol del norte. En sus calles conviven mariscos frescos, mercados tradicionales y restaurantes que reinventan la cocina de Baja California con creatividad y respeto por el territorio. Al caer la tarde, la brisa del Pacífico envuelve el puerto y el horizonte se tiñe de tonos dorados. En ese instante, entre vino, mar y desierto, se comprende el carácter único de este destino.
Experiencias emblemáticas
Uno de los géiseres marinos más grandes del mundo. El agua del Pacífico emerge con fuerza entre las rocas creando un espectáculo natural impresionante.
Un paseo frente al mar ideal para caminar, disfrutar la brisa del Pacífico y observar la actividad del puerto.
Entre pinos y cipreses, el área es refugio de pumas, coyotes, venados cola blanca y venados bura, conejos y linces. Con mucha suerte pueden mirarse al gato montés y al borrego cimarrón que frecuenta los acantilados orientales. Es aquí también donde se encuentra el Picacho del Diablo que alcanza los 3,100 metros sobre el nivel del mar, la cima más cercana al cielo en el estado. Escaladores y ciclistas de montaña tienen en esta zona toda la aventura que necesitan. Hay cabañas, senderos y espacios para acampar.
Su museografía se desarrolla en cuatro salas dedicadas al nacimiento del vino en la antigüedad del Cáucaso y sus primeros siglos, a la llegada del vino a Baja California con los misioneros, a la difusión de la vitivinicultura en la región, al surgimiento de la industria actual y a la relación entre el arte y el vino. Luce también amplios jardines, teatro al aire libre, tienda de regalos y café. Su enoteca tiene una gran variedad de botellas de la región; de jueves a domingo se ofrecen degustaciones de dos diferentes vinos locales.