Color que brota del telar y la tierra
San Cristóbal de las Casas posee esa quietud magnética de los lugares que se saben sagrados, donde cada calle empedrada parece terminar en una montaña cubierta de pinos y nubes bajas. La esencia de este rincón reside en el contraste: el lujo de una cena de autor frente a una chimenea y la sencillez de una tortilla recién salida del comal en un mercado tzotzil. Este destino es para perderse en el tiempo, entre hilos de seda, rituales ancestrales y el mejor café.
Experiencias emblemáticas
En esta vía peatonal se reúne buena parte del animado ajetreo de San Cristóbal. Pasa justo enfrente de la Catedral, conduce al norte al Templo y Ex Convento de Santo Domingo y al sur al Templo y Arco del Carmen. Tiendas de ámbar y de artesanías, el clásico bar Revolución o la sucursal más grande de la pastelería francesa Oh La La! pueden encontrarse aquí, también la antigua Casa Mazariegos, hoy convertida en centro de convenciones.
Es un parque ecoturístico ubicado a siete kilómetros de San Cristóbal de las Casas, construido alrededor del Río Fogótico. Su principal atractivo es un arco de piedra, por debajo corre el río entre guijarros y calma, y encima hay una gruta adornada con estalactitas y estalagmitas. Cuenta con una tirolesa de dos líneas que cruza el cielo justo arriba de ese mundo de rocas, además se puede practicar rapel en caída libre o sobre las paredes cercanas al arco.
Este impresionante complejo de cavidades subterráneas fue apenas descubierto en 1947. Son incontables sus estalactitas y estalagmitas que en más de un caso se han unido para formar columnas. Se dice que estas cavernas se extienden por varios kilómetros, si bien el recorrido habitual de 45 minutos sigue un andador iluminado de menos de mil metros de longitud. Los niños que sirven de guía hacen divertidas interpretaciones de los caprichosos perfiles de las formaciones rocosas. Junto a la entrada de las grutas hay un bosque, donde se puede disfrutar de paseos a caballo (suele haber guías que los rentan), senderismo y campismo, también hay tirolesa, asadores, un par de resbaladillas de concreto y juegos infantiles.
La presencia de grupos étnicos y su legado maya, hace que en este poblado se congregue una gran variedad de artesanía colorida y alegre. En este mercado podrás adquirir textiles bordados, faldas, sarapes, sacos, lanas, chalecos, entre otros. También trabajos de hierro forjado, tallas de ámbar y jade y una bella alfarería.
Es un sitio emblemático de bella arquitectura. Su fachada luce trazos geométricos, elementos barrocos, mudéjares y neoclásicos. A quien la contempla, le regala un juego de luces y sombras.Por dentro, presume imponentes columnas de aires neoclásicos, retablos barrocos recubiertos de hoja de oro y pinturas religiosas de los siglos XVII, XVIII y XIX. No hay que irse sin mirar el púlpito y el altar de los reyes. En la parte de atrás de la Catedral está el Templo de San Nicolás, uno de los primeros de la ciudad. En un principio fue de uso único para los indígenas. Posee una sencilla fachada que termina en una espadaña, la cual se alza entre dos torres circulares que semejan gruesos remates.
Lo que le da fama y hace único a este pueblo son los finos chales bordados por sus mujeres, todos ellos en tonos que van del verde al morado y decorados con imágenes de las flores cultivadas por la familia. Cuando algún turista llega al pueblo, las zinacantecas corren a su encuentro para invitarlo a sus casas. La idea es mostrarle los telares donde tejen los chales y otros textiles. También ofrecen comida de la casa; por ejemplo, deliciosas quesadillas hechas con queso fresco y tortillas hechas a mano, y servirle unas copitas de pox (aguardiente de caña).